domingo, 10 de julio de 2011

DE VUELTA A LA TORRE (Carlos Torres Bastidas)


Cuando Flynn sube a la torre, descubre a Rapunzel amarrada, y en eso Gothel hiere a Flynn y decide llevarse a Rapunzel, esta le suplica que no sin antes curarlo. Gothel accedió y Rapunzel puso su cabello en la herida de Flynn, pero antes de cantar la canción especial, Flynn le corta el cabello con un pedazo de cristal de espejo, mientras que el cabello de Rapunzel se vuelve castaño, inmediatamente Gothel envejece, Pascal le pone el cabello, y Gothel tropieza y cae de la torre. Flynn muere lentamente en los brazos de Rapunzel, mientras ella llora sobre el cuerpo de Flynn, canta el verso final de la canción de la curación, una lágrima llena de magia que le quedaba de la flor le cae en la mejilla y lo revive. A continuación, viajan de vuelta al reino donde la familia real tiene una emotiva reunión.
Meses después, Flynn y Rapunzel se casan y viven felices para siempre, con los padres de ella. El padre de Rapunzel le dijo que ya estaba bueno que « Flynn esté de vago, no trabaja, no hace nada!», y ya varias cosas del palacio se habían perdido. Además se la pasaba atacando a la suegra, y descaradamente le dijo al Rey que «su mujer está más buena que su hija».
Pero Rapunzel no le creyó y decidió que mejor se iban a su propia casa. Hicieron un recorrido por todo el reino, pero el déficit de vivienda estaba muy fuerte, y más después de las lluvias, casi todo el mundo vivía en los refugios alrededor del palacio.
Buscaron inscribirse en la Misión Vivienda, pero nada. Cansados de buscar, y de que Flynn no hiciera nada más que beber aguardiente con sus amigos los morochos Stabbington en el Bar El Patito Frito. Se presentó sartén en mano y le dice: -mira mijo, no hay otra: vámonos de nuevo para la torre.-
Cabalgaron en Maximus hasta llegar al pie de la torre. Rapunzel trató de abrir la puerta con la llave que se había llevado al morir su madre. Pero algo estaba mal, la cerradura había sido cambiada. Golpearon con fuerza la puerta, al rato una mujer gorda con un pañuelo en la cabeza se asomó, - ¿sí, diga?-, ¿Quién es usted?- Preguntó furiosa Rapunzel blandiendo su sartén.
-¡Roberto, Roberto! Allá abajo hay una mujer tocando-. El hombretón con cara de estar borracho, se asoma también, y les dice: ¡váyanse de aquí, esta torre fue expropiada por el gobierno, y nos la asignó!».
Rapunzel se volteó y le dice. « ¿Y entonces Eugene Fitzherbert?»
- Ni idea, mi amor.
Rapunzel furiosa se repite: -Madre tenía razón, no sé para qué reviví a este inútil-.

Caracas, Junio 2011

UN PASEO CON LA MAFIA (Carlos Torres Bastidas)


"Ella quisiera para novio otra clase de hombre"
Leoncio Martínez
"Vito Corleone era un hombre de visión"
Mario Puzo


Michael Corleone dio por terminada la limpieza de la poderosa nave y echó sobre el tablero reluciente, asientos de cuero brillante y lubricados una mirada amorosa. Era una bella máquina último modelo, «Es un coche silencioso. Por eso lo elegí. Toyota tiene una de las mejores tecnologías del mundo en lo que a insonorización se refiere».
Era un regalo de su Padre por su cumpleaños. Cómo se la envidiaba Luca Brasi que apenas había podido comprar uno de medio uso, salido de fábrica hace dos años; lo mismo que Clemenza envidiábale sus corbatas de seda, Sonny sus zapatos hechos a mano y el infeliz de Carlo Rizzi sus trajes a la medida.
Michael era el tercer hijo de Vito Corleone, hermano de Sonny, Fredo, Connie y Tom.
Sonrió satisfecho, encendió el auto y un suave ronroneo sacudió la máquina. Ajustó su corbata de seda azul celeste. Sin darse cuenta le vino a la memoria la frase con que la señora Carmella Corleone, reverenciada siempre como "Mamma", lo consentía: «¡Tan bello mi bambino!»
Sin embargo, aquella arisca de Virginia Sollozo se resistía a sus encantos; no lograba convencerla, a pesar de las frases enamoradas que deslizara a sus oídos durante una rumba en el club, a pesar de que lo viera guiando su nave de $ 63.400 dólares, escuchando I'm Your Man en su Repro Pioneer con mp3.
Pero, ahora sí. Ya Virginia, la hija de Virgil Sollozo, alias «El Turco», había aceptado en principio y él estaba dispuesto a todo. Hoy vencería aquella fría indiferencia, se jugaría la última partida y su Toyota le ayudaría en la jugada.
En la calle, sentado ya en su auto, se planteaba estas reflexiones; de pronto sacudió pensamientos y arrancó de una. El incidente en el hospital enfureció tanto a Michael que se llenó de ganas de venganza. Sonny veía esto como algo personal y trató de disuadirlo. Michel contestó que no era nada personal, "sólo negocios". Sonny aceptó y le preparó el asunto.
Toques de bocina. Escándalo. El paso estridente de una gandola. El eco de una bocina distante… Por las ventanillas abiertas de un Celica negro, que estaba parado justo enfrente, sonaba de música de fondo la voz aguda de Michael Jackson. Billie Jean. Ahora Michael Corleone va deslizándose suavemente por la carretera. Pero no va solo: ahora le acompaña Virginia Sollozo. Michael es introvertido, serio, reflexivo y frío. Fue reclutado voluntariamente para ir a la Guerra, lo que no sentó nada bien en su familia. Su padre no quería que se convirtiese en Padrino, sino que llegase a senador o gobernador.
El aire acondicionado, agita levemente una bufanda y los mechones de cabellos rubios se levantan y caen como rozando. La muchacha mueve la cabeza contra el aire y sonríe. Estaba segura de que Michael Bublé nunca se habría imaginado que alguien, en el silencioso interior de un Toyota Crown Royal Saloon, en medio de la autopista metropolitana, escucharía con tanto placer la versión de Always on my Mind que había interpretado.
Corleone piensa en el consorcio de su padre, que se ve amenazado por el Turco Sollozo y su hija; no piensa en el paisaje, ni en Virginia Sollozo, ni en nada. Está poseído por la fuerza, la música de Bublé y por el vértigo de la velocidad. Cada vez que un camión de transporte pesado pasaba por el carril contrario, el pavimento temblaba por el efecto de la alta velocidad. Más que a un temblor, se parecía a una marejada. Como caminar por la cubierta de un portaaviones en un mar encabritado.
Pero Virginia sí piensa en él, mejor dicho, lo mira; de perfil, inclinado sobre el volante ergonómico; ve su corbata de seda que descansa sobre el pecho robusto; ve el pelo recién cortado y ajustado con gel; ve el lóbulo de las orejas, rosado de caracol, como un niño. Y piensa: « ¡Lástima que sea un Corleone…!»
Ella quisiera para novio otra clase de hombre; otra clase de tipo; pero… ¡Quién sabe! Ella era una mujer ardiente, educada con cierta libertad, y su ascendiente italiano, mezclado a la savia del trópico, despertaba en sí una ebullición de ideas violentas y absurdas. ¡Si ahora, en la misteriosa soledad de los campos, se le ocurriera detener el automóvil y en un lugar solitario, la batiera contra el suelo… y la montara!
Virginia se estremeció de manera visible; un escalofrío le corrió por entre las piernas, se sintió húmeda. Corleone manejaba observando su rostro de reojo, podía verse que la forma y el tamaño de sus orejas diferían considerablemente. La oreja izquierda era bastante más grande que la derecha y un poco deforme. Pero nadie se daba cuenta de ello, porque, por lo general, el pelo rubio y reseco por tanta piscina en el club, se las ocultaba. Al cerrar los labios, éstos formaban una línea recta y sugerían un carácter arisco en toda circunstancia. Una naricita fina, unos pómulos un tanto salientes, una frente ancha y unas cejas largas y rectas acusaban aún más esa tendencia.
Gustos aparte, podría decirse que era bella la turquita. Era la típica mujer de pelo rubio, atractiva, muy preocupada por su aspecto y materialista, pero de muy poca inteligencia y sentido común.
- ¿Tienes frío? - preguntó Corleone, volviendo un poco la cara. Y tras una pausa: - Ya nos vamos a devolver, es tarde…-
Era la primera vez que él hablaba en todo el trayecto; sus palabras en el sopor vespertino tenían también la flojedad babosa de lo que se muere.
Habían pasado otros caseríos, sin advertir que ya la noche caía rápidamente sobre la cresta dispareja de la carretera fundida en el confín de occidente.
De pronto un estallido, como un disparo a quemarropa. La nave desdibujó un movimiento violento y fue a incrustarse a orillas de una zanja, sobre la cuneta.
Virginia crispó las manos en los bordes del tablero, fijando los ojos interrogantes en Corleone, que abría la puerta del vehículo y echaba pie a tierra
- ¿Qué pasó Michael?-
- No sé...una piedra… tal vez un vidrio o un clavo - murmuraba el joven bien trajeado, pateando la rueda. -Lo peor es que ya está oscuro… no veo bien…
La brisa de la tarde le apagaba el zippo al encenderlo.
«Indudablemente, esto no puedo componerlo sino donde haya luz o mañana, con el día…para cambiar el caucho con el repuesto.»
- No te rías, Virginia, yo estoy avergonzado por mi carro, yo que pensaba que no me fallaría nunca… ¡Si hubiera por aquí un sitio donde pasar la noche!»
- Claro, - exclamó la rubia con carcajadas nerviosas - porque, si no se arregla, no podemos pasar la noche en el carro. Mucha delincuencia, nos pueden asaltar en la carretera ¡Y tengo hambre!-
Y caminaron silenciosos. Él arrastrando las pisadas; ella se quitó el sombrero y lo llevaba con ambas manos; los mechones rubios se movían como mosquitos en torno a una fruta descompuesta. - ¡Mira aquella bombilla! - exclamó de pronto Virginia; Corleone ni siquiera alzó la cabeza; parecía querer hundir el gesto de contrariedad en el atardecer.-
Tocaron a una casa. Salió a abrirles una vieja. Corleone explicó el accidente; la dueña de la casa hizo una advertencia; ellos no daban hospedaje; pero, en un caso así, tratándose de gente decente, (con un convincente fajo de billetes verdes de 100 en su mano) y por una noche no más, cederían.
Corleone, dentro, seguía revisando los mensajes del celular. Virginia, entre tanto, conversó demasiado; después de comer, la señora los condujo a la alcoba y los dejó solos. En el centro de la pieza había una cama antigua, solemne, matrimonial, de caoba.
- Quédate aquí, yo me iré a dormir a la sala…-
- ¡Vas a coger un resfriado! A ustedes los Corleone nunca se les ocurre nada bueno. Fíjate bien; la cama tiene dos colchones: paramos uno de los dos, a los largo de la cama como un tabique, lo sujetamos del copete y tú tranquilo, del lado de allá, te desvistes y te acuestas y yo, de lado acá hago lo mismo…-
Poco después, separados por aquel muro improvisado, se acuestan.
- Hasta mañana, Corleone. -
- Buenas noches, Virginia, hasta mañana -
Al joven se le iban cerrando los ojos; a Virginia le costó trabajo pescar el sueño. Se mordía los labios, excitada.
Cuando ella se levantó por la mañana, encontró al joven en el corredor armado con una llave de cruz para poner el caucho de repuesto:
- ¡Ya estamos listos! Vámonos…-
Ella le miró con cierta rabia y desprecio. Al rato, la brillante y hermosa nave corría de nuevo por la carretera. Se cansó del potente aire acondicionado, bajó el vidrio de la ventanilla y una ráfaga de viento le arrancó el sombrero a Virginia de un solo golpe, y lo elevó por sobre el camino.
Corleone se detuvo y bajó. El sombrero, bailaba en el aire, dejándose llevar por la brisa. Corleone seguía el viaje del sombrero, viendo hacia arriba. Una bocanada de viento le dio al sombrero un brusco giro y lo empujó a caer detrás de la cerca de una posesión; un pequeño muro, bajo y largo, por encima de la cual se veían árboles. Un grito molesto y desolador se escapó de la garganta de Virginia:
- ¡Mi sombrero! ¡Perdí mi sombrero! ¡Era italiano y me lo estaba estrenando! -
Corleone la miró, sola; miró hacia al este, hacia el oeste, siguiendo la línea de la pared terrosa: no se hallaba una puerta a todo lo largo. El joven gritó de lejos:
- No importa: ya te lo busco.-
Corleone ganó la altura del muro y desapareció tras ella. Después, un pequeño salto y regresaba con el sombrero.
- Toma… ¿Qué te parece?... Tú desconfiabas de mi ¿verdad?-
Ella le miró de reojo y repuso:
- Tranquilo: creía que un hombre que no me quiso hacer el amor anoche, era incapaz de buscarme un sombrero...-
- No te preocupes, yo siempre cumplo.-
De inmediato sacó la pistola, recordando que Clemenza le había dicho que no se preocupara por las huellas dactilares. Se oyó un disparo. La bala se metió entre la frente y la oreja de la muchacha, y cuando salió, el sombrero de paja italiana quedó salpicado de sangre y de trozos de hueso. «Quedó como la Santa Liberata, de Nelson Garrido» Michael se dio cuenta de que no era necesaria una segunda bala.

Caracas, Junio 2011