martes, 23 de agosto de 2011

Si James Bond se hubiera casado. Por Carlos Torres Bastidas.

Son las 5.30 am. Nunca antes James se había levantado tan temprano. Fue a la cocina, tropezó con uno de los taburetes, una palabrota en voz baja. Montó el café, esta vez más fuerte que lo común, porque debía llevar a la niña al colegio. Suerte que anoche había pulido los zapatos y preparado el traje cruzado y la corbata, sus camisas todavía iban a la tintorería. Preparó el tetero con la receta que le había enseñado su querida mujercita Vesper, que ya había ganado unos cuantos kilos porque estaba embarazada de nuevo. «Seguro que M quería ser la madrina». Pero esta vez le daría la oportunidad a Moneypenny. Siempre había querido tener algún lazo con ella. A sus 47 años se había jubilado de la División de Inteligencia Naval del Almirantazgo.

Escuchaba las noticias en el pequeño televisor de la cocina. Muchas cosas sobre las que ahora no podía hacer nada. El terremoto-tsunami del Japón. La guerra en Libia. Los estudiantes universitarios con la boca cosida. Preparó el tetero y vertió unas gotas en su mano, para comprobar que no estaba muy caliente. Lo llevó a la habitación de su pequeña hija Camille de cuatro años. Luego de tomarse las pastillas para la tensión, el Omega 3 y las cápsulas de ajo, se sirvió una taza de café negro. Esa dieta que mantuvo por tantos años de huevos revueltos, martinis y cigarrillos lo tenían con ese régimen todos los días, siempre después de su aseo matutino, que ahora tenía que ser muy rápido, porque la hora de entrada en el colegio era las 7:30 am, y las colas que generalmente se formaban, no le permitían pasar de 60 kilómetros por hora a su clásico Aston Martin.

Luego de dar un rápido beso a Vesper que no podía moverse de la cama, se marchó. Se puso su traje que ahora le ajustaba un poco en el abdomen que había comenzado a crecer. Se miró el nudo de la corbata en el espejo del ascensor del edificio donde ahora vivía con su familia.

El Aston Martin estaba sucio. No tenía tiempo para mandar a lavar su carro, hecho por Q quien fue el responsable de la creación del DB5 cargado de extras. No olvidaba que su nombre deriva de Quartermaster, o Intendente, y este no es más que el cargo del Mayor Boothroyd, que está al mando del departamento de investigación y desarrollo del Servicio Secreto. Este DB5 tan equipado se convirtió por un tiempo en el auto de empresa de James Bond. En realidad su carro era un DB4 Vantage, pero su modelo fue modificado y pintado de color Silver Birch.

El asiento trasero se lo disputaban el afortunado Ken, con varias versiones de Barbie. A Camille le gustaba su carruaje tal como ella lo llamaba. La cola comenzaba en la autopista, buscaba irse por los caminos verdes. Sin embargo a esa hora todas las vías estaban colapsadas. Colocaba en el MP3 un Cd de música infantil y se iban cantando por todo el camino “Mi gata candonga”, “El elefante del circo” y otras canciones. Un par de hermosas chicas lo veían divertidas por el retrovisor, cuando su hija lo abrazaba para entonarlas juntos. La aventura de hoy no tenía nada que ver con un campo de batalla lleno de traición, asesinatos y engaño. Solamente debía llevar temprano a la niña al colegio. Logró sortear como en los viejos tiempos todos los obstáculos: la primera cola que se forma en la Libertador, una cantidad de huecos entre los campos de golf, motorizados que van contra corriente, y que debía esquivar constantemente. Un policía frente al San Ignacio se empeñó en detener el flujo natural del tránsito. Consiguió puesto en una esquina, y casi le arranca la puerta un carrito por puesto anaranjado de la Alcaldía. Finalmente entregó su preciada carga a la maestra. «Besos papito», «Besos Camille». Miró a la joven auxiliar Carmen con intensidad, pero esta no le prestó mucha atención a pesar de estar estrenando una corbata, que ella le había vendido. La primera misión del día se había cumplido. No podía saber qué le deparaba el día. Debía cruzar de nuevo la ciudad, ya veríamos que se encontraba en el camino. Su nuevo trabajo era mucho más cómodo, aunque nunca podría saber lo que puede ocurrir en el centro de la ciudad, antes de las 8:30 de la mañana, cuando debe entrar en sus modestas oficinas de Clásicos Exclusivos, hoy debía supervisar la edición del número dedicado a su querido Aston Martin.

jueves, 18 de agosto de 2011

Los hilos invisibles (Lázaro Silva)



“Qué buen insomnio
si me desvelo sobre
tu cuerpo único”
Mario Benedetti
Abrió Google Earth para que viera la zona donde vivió por un año. Las fotografías aéreas mostraron unas cuadriculadas manzanas. Antes de eso estuvimos brindando con un Santa Carolina, acompañado con pizza que compramos camino a su apartamento. Ella se deleitaba acercando el zoom y mostrándome una tal calle Emilia Pardo Bazán, una plaza 1° de Mayo, un Palacio Legislativo y un liceo Miranda.
Respondió casi leyendo mi pensamiento:
-Ése es otro Miranda
Siguió contándome sus experiencias por esa sureña ciudad, y casi todo lo ilustraba con fotografías digitales. Las iba pasando y a veces se detenía en alguna que consideraba oportuno explicar.
-Esta la tomé cuando estuve en una milonga…
Me vio cara de pocos entendidos, entonces aclaró:
-Si, se llama así a los salones donde bailan tango. Estos hombres que están sentados a la izquierda ven a cuál mujer de la fila derecha sacarán a bailar. En lo que comienza la música ellos van por una compañera. Y no pueden, ni por un segundo, desviar la mirada hacia otra mujer porque pierden.
Inventamos hacer como si estuviéramos en una milonga y yo la elegía a ella; la miré a los ojos y le tendí mi mano. Bailamos al son de La Cumparsita, trastabillamos por mi culpa, pero seguimos hasta que terminó la pieza. Ella se sentó a descansar, vi que nuestras copas estaban casi vacías y destapé otra botella.
-Así que el tipo no puede ver para los lados porque pierde…
-Como en el resto de la vida, creo-acotó ella
Me estaba acomodando en la silla para seguir disfrutando sus historias y sus fotos, pero quedó en silencio. Se llevó la copa a los labios y dejó ver una expresión, como si el vino de pronto le supiera agrio.
-¿Algún problema? –le pregunté.
-No, es sólo que el vino me pone un poco triste.
-Me parece que estás extrañando algo, o a alguien-agregué.
-No exactamente-Dijo y me miró como quien, desde algún puerto, ve cómo se aleja el barco que debió abordar-Estaba recordando nuestra futura ruptura.
Quedé perplejo. Era nuestra primera cita y ni siquiera habíamos dormido juntos, mucho menos convivido como para que me hablara de ese modo tan extraño. “Se le subió el vino”, pensé. No le di más vueltas al asunto. Ella seguía allí, concentrada en recorrer el borde de la copa con su índice derecho, y antes de que se arruinara el encuentro y pidiera que me fuera, le agarré las manos y le dije:
-Ven, vamos a bailar.
Amagamos unos pasitos de tango y, aprovechando la cercanía de nuestros rostros la besé.
En su apartamento todo estaba a la vista, bastaban algunos pasos para recorrerlo de punta a punta. Quedamos de pie, en medio de la sala.
-No me hagas caso…creo que me está pegando el vino –susurró mientras le rodeaba la cintura.
Seguimos bailando y los pasos nos llevaron hacia su dormitorio. Nos tumbamos en su cama y comenzamos el despojo de ropas. Cuando la liberé de su última prenda me di cuenta de que ya estaba desnudo sobre ella. Fue maravilloso sentir su fuerte respiración; su blanca y sudorosa piel temblaba. Me rogó que le mordiera las orejas y que le acariciara los senos, también pidió que la apretara fuertemente mientras se movía como epiléptica. De pronto quedó tiesa, luego me soltó mientras relajaba su cuerpo. Cuando se repuso cambiamos de postura. Seguimos hasta que quedamos tendidos y sin aliento. Dormimos una breve siesta. Me levanté parar ir por mi copa y ella, semidormida, aprovechó para pedirme un vaso de agua. Bebió y se dio media vuelta sin abrir los ojos. Tomé un poco de vino y me acosté a su lado. No me dio tiempo de comentar nada porque cuando le iba a hablar escuché sus suaves ronquidos. De a ratos tiritaba. Creo que toda esa evocación de Montevideo le dio frío y necesitaba cobijarse conmigo. Yo había perdido el sueño, por eso, mientras la cubría, me dediqué a recordar cómo fue que nos conocimos. Había visto un anuncio que decía: “Se dictan clases de tango, lugar Club Uruguayo”. Allá fui a dar. Cuando llegué todos tenían pareja menos ella. Como había ido solo el instructor de baile nos presentó y nos pidió que repitiéramos juntos los pasos que él mostraba. Así comenzó todo. Le dije que bailaba muy bien. “Es que estuve un año en Montevideo y unas semanas en Buenos Aires”. Le pregunté por qué había ido a parar al Sur. “Porque trabajé en la Embajada de Venezuela como Agregada Cultural”. Luego tuvo que volver al país por razones familiares y porque lo único que no le gustaba de allá era el invierno. “Se te enfrían hasta los huesos y no importa lo que te pongas, el frío siempre te entumece”.
Estaba metido en mis pensamientos cuando despierta y dice:
-¿Sabes? Me gustaría que pudiéramos ir juntos, en verano, al Río de la Plata ¿Qué dices?
-Suena bien, así probamos buena carne y buen vino.
-Y además podemos ir a una verdadera milonga.
-Claro que sí. Ya veo que sabes mucho sobre esa gente...
- Es que por mi trabajo asistí a muchos eventos culturales, además tuve un novio uruguayo y con él iba a muchos lados; lo único que no logré aprender fue a tomar mate, a pesar de que él lo tomaba a toda hora, y yo le echaba broma y le decía que los ojos los tenía verdes de tanto mate.
-¿Y como es la gente de allá?-pregunté tratando de desviar el tema, antes de que me contara más detalles.
-Bueno, casi todo el mundo es blanco, hijo de españoles o italianos. Negros hay pocos, y esos viven cerca del puerto y se la pasan tocando el tambor y preparándose para el carnaval más largo del mundo.
-¿Y no tienen indios?
-A los indios los mataron todos, y al último charrúa lo enjaularon para exhibirlo en Francia.
Hablamos un poco más sobre el tema hasta que se hizo un nuevo y peligroso silencio. Tragó grueso, me pidió más vino y luego dijo:
-También hay gitanos...
En su quebrada voz percibí que había algo más en ese comentario.
-¿Y qué hacen los gitanos?
-Los hombres no sé, algunos son comerciantes, pero las mujeres leen la mano; te adivinan el pasado, el presente y el futuro, y si les das una buena propina te hablan más de lo que eres capaz de escuchar…
Sentí un leve mareo y el cuerpo se me hizo pesado. Había algo en sus palabras que me conectaron con Maldoror cuando dice que lo hermoso es como encontrar un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección.
Caí en cuenta de que me distraje con mis pensamientos y la dejé hablando sola.
-¿Sabes quién fue el Conde de Lautrèamont?-pregunto como quien no ha abierto la boca en toda la noche y no sabe si decir algo o bostezar.
-¿Por qué me preguntas eso ahora?-dijo como si me hubiera agarrado en falta.
-Porque es uruguayo-respondí, tratando de salir del callejón en que me había metido.
-Ah, pensé que era un gitano- dijo casi divertida, y siguió-Nunca oí nada de ese señor, ni aquí ni allá. ¡Qué raro!
Se quedó pensativa y largó un bostezo. No habló más, sólo tomó mi brazo y se lo pasó por el hombro. Nuestros cuerpos calzaban como piezas de rompecabezas y disfrutamos del silencio de la noche. Sin embargo, a pesar de que la estábamos pasando bien, necesitaba salir de allí y dormir en mi cama. También quería tomar distancia para ordenar mis pensamientos, ya que el vino y ella hicieron estragos en mi estantería mental. Llegué a creer que tanto Ducasse como los gitanos confiaban en que todas las cosas de este mundo se atan con hilos invisibles que ensartan el pasado, el presente y el futuro.
Antes de salir le agradecí lo bien que la pasamos, le dije que era una excelente anfitriona y le prometí que la invitaría a mi casa. Quizás, con un poco más de confianza, me atreva a preguntarle si alguna de esas gitanas que viven en Uruguay llegó a hablarle de nuestro próximo encuentro.

domingo, 10 de julio de 2011

DE VUELTA A LA TORRE. Por Carlos Torres Bastidas

Cuando Flynn sube a la torre, descubre a Rapunzel amarrada, y en eso Gothel hiere a Flynn y decide llevarse a Rapunzel, esta le suplica que no sin antes curarlo. Gothel accedió y Rapunzel puso su cabello en la herida de Flynn, pero antes de cantar la canción especial, Flynn le corta el cabello con un pedazo de cristal de espejo, mientras que el cabello de Rapunzel se vuelve castaño, inmediatamente Gothel envejece, Pascal le pone el cabello, y Gothel tropieza y cae de la torre. Flynn muere lentamente en los brazos de Rapunzel, mientras ella llora sobre el cuerpo de Flynn, canta el verso final de la canción de la curación, una lágrima llena de magia que le quedaba de la flor le cae en la mejilla y lo revive. A continuación, viajan de vuelta al reino donde la familia real tiene una emotiva reunión. Meses después, Flynn y Rapunzel se casan y viven felices para siempre, con los padres de ella. El padre de Rapunzel le dijo que ya estaba bueno que « Flynn esté de vago, no trabaja, no hace nada!», y ya varias cosas del palacio se habían perdido. Además se la pasaba atacando a la suegra, y descaradamente le dijo al Rey que «su mujer está más buena que su hija». Pero Rapunzel no le creyó y decidió que mejor se iban a su propia casa. Hicieron un recorrido por todo el reino, pero el déficit de vivienda estaba muy fuerte, y más después de las lluvias, casi todo el mundo vivía en los refugios alrededor del palacio. Buscaron inscribirse en la Misión Vivienda, pero nada. Cansados de buscar, y de que Flynn no hiciera nada más que beber aguardiente con sus amigos los morochos Stabbington en el Bar El Patito Frito. Se presentó sartén en mano y le dice: -mira mijo, no hay otra: vámonos de nuevo para la torre.- Cabalgaron en Maximus hasta llegar al pie de la torre. Rapunzel trató de abrir la puerta con la llave que se había llevado al morir su madre. Pero algo estaba mal, la cerradura había sido cambiada. Golpearon con fuerza la puerta, al rato una mujer gorda con un pañuelo en la cabeza se asomó, - ¿sí, diga?-, ¿Quién es usted?- Preguntó furiosa Rapunzel blandiendo su sartén. -¡Roberto, Roberto! Allá abajo hay una mujer tocando-. El hombretón con cara de estar borracho, se asoma también, y les dice: ¡váyanse de aquí, esta torre fue expropiada por el gobierno, y nos la asignó!». Rapunzel se volteó y le dice. « ¿Y entonces Eugene Fitzherbert?» - Ni idea, mi amor. Rapunzel furiosa se repite: -Madre tenía razón, no sé para qué reviví a este inútil-. Caracas, Junio 2011

UN PASEO CON LA MAFIA. Por Carlos Torres Bastidas

"Ella quisiera para novio otra clase de hombre" Leoncio Martínez "Vito Corleone era un hombre de visión" Mario Puzo Michael Corleone dio por terminada la limpieza de la poderosa nave y echó sobre el tablero reluciente, asientos de cuero brillante y lubricados una mirada amorosa. Era una bella máquina último modelo, «Es un coche silencioso. Por eso lo elegí. Toyota tiene una de las mejores tecnologías del mundo en lo que a insonorización se refiere». Era un regalo de su Padre por su cumpleaños. Cómo se la envidiaba Luca Brasi que apenas había podido comprar uno de medio uso, salido de fábrica hace dos años; lo mismo que Clemenza envidiábale sus corbatas de seda, Sonny sus zapatos hechos a mano y el infeliz de Carlo Rizzi sus trajes a la medida. Michael era el tercer hijo de Vito Corleone, hermano de Sonny, Fredo, Connie y Tom. Sonrió satisfecho, encendió el auto y un suave ronroneo sacudió la máquina. Ajustó su corbata de seda azul celeste. Sin darse cuenta le vino a la memoria la frase con que la señora Carmella Corleone, reverenciada siempre como "Mamma", lo consentía: «¡Tan bello mi bambino!» Sin embargo, aquella arisca de Virginia Sollozo se resistía a sus encantos; no lograba convencerla, a pesar de las frases enamoradas que deslizara a sus oídos durante una rumba en el club, a pesar de que lo viera guiando su nave de $ 63.400 dólares, escuchando I'm Your Man en su Repro Pioneer con mp3. Pero, ahora sí. Ya Virginia, la hija de Virgil Sollozo, alias «El Turco», había aceptado en principio y él estaba dispuesto a todo. Hoy vencería aquella fría indiferencia, se jugaría la última partida y su Toyota le ayudaría en la jugada. En la calle, sentado ya en su auto, se planteaba estas reflexiones; de pronto sacudió pensamientos y arrancó de una. El incidente en el hospital enfureció tanto a Michael que se llenó de ganas de venganza. Sonny veía esto como algo personal y trató de disuadirlo. Michel contestó que no era nada personal, "sólo negocios". Sonny aceptó y le preparó el asunto. Toques de bocina. Escándalo. El paso estridente de una gandola. El eco de una bocina distante… Por las ventanillas abiertas de un Celica negro, que estaba parado justo enfrente, sonaba de música de fondo la voz aguda de Michael Jackson. Billie Jean. Ahora Michael Corleone va deslizándose suavemente por la carretera. Pero no va solo: ahora le acompaña Virginia Sollozo. Michael es introvertido, serio, reflexivo y frío. Fue reclutado voluntariamente para ir a la Guerra, lo que no sentó nada bien en su familia. Su padre no quería que se convirtiese en Padrino, sino que llegase a senador o gobernador. El aire acondicionado, agita levemente una bufanda y los mechones de cabellos rubios se levantan y caen como rozando. La muchacha mueve la cabeza contra el aire y sonríe. Estaba segura de que Michael Bublé nunca se habría imaginado que alguien, en el silencioso interior de un Toyota Crown Royal Saloon, en medio de la autopista metropolitana, escucharía con tanto placer la versión de Always on my Mind que había interpretado. Corleone piensa en el consorcio de su padre, que se ve amenazado por el Turco Sollozo y su hija; no piensa en el paisaje, ni en Virginia Sollozo, ni en nada. Está poseído por la fuerza, la música de Bublé y por el vértigo de la velocidad. Cada vez que un camión de transporte pesado pasaba por el carril contrario, el pavimento temblaba por el efecto de la alta velocidad. Más que a un temblor, se parecía a una marejada. Como caminar por la cubierta de un portaaviones en un mar encabritado. Pero Virginia sí piensa en él, mejor dicho, lo mira; de perfil, inclinado sobre el volante ergonómico; ve su corbata de seda que descansa sobre el pecho robusto; ve el pelo recién cortado y ajustado con gel; ve el lóbulo de las orejas, rosado de caracol, como un niño. Y piensa: « ¡Lástima que sea un Corleone…!» Ella quisiera para novio otra clase de hombre; otra clase de tipo; pero… ¡Quién sabe! Ella era una mujer ardiente, educada con cierta libertad, y su ascendiente italiano, mezclado a la savia del trópico, despertaba en sí una ebullición de ideas violentas y absurdas. ¡Si ahora, en la misteriosa soledad de los campos, se le ocurriera detener el automóvil y en un lugar solitario, la batiera contra el suelo… y la montara! Virginia se estremeció de manera visible; un escalofrío le corrió por entre las piernas, se sintió húmeda. Corleone manejaba observando su rostro de reojo, podía verse que la forma y el tamaño de sus orejas diferían considerablemente. La oreja izquierda era bastante más grande que la derecha y un poco deforme. Pero nadie se daba cuenta de ello, porque, por lo general, el pelo rubio y reseco por tanta piscina en el club, se las ocultaba. Al cerrar los labios, éstos formaban una línea recta y sugerían un carácter arisco en toda circunstancia. Una naricita fina, unos pómulos un tanto salientes, una frente ancha y unas cejas largas y rectas acusaban aún más esa tendencia. Gustos aparte, podría decirse que era bella la turquita. Era la típica mujer de pelo rubio, atractiva, muy preocupada por su aspecto y materialista, pero de muy poca inteligencia y sentido común. - ¿Tienes frío? - preguntó Corleone, volviendo un poco la cara. Y tras una pausa: - Ya nos vamos a devolver, es tarde…- Era la primera vez que él hablaba en todo el trayecto; sus palabras en el sopor vespertino tenían también la flojedad babosa de lo que se muere. Habían pasado otros caseríos, sin advertir que ya la noche caía rápidamente sobre la cresta dispareja de la carretera fundida en el confín de occidente. De pronto un estallido, como un disparo a quemarropa. La nave desdibujó un movimiento violento y fue a incrustarse a orillas de una zanja, sobre la cuneta. Virginia crispó las manos en los bordes del tablero, fijando los ojos interrogantes en Corleone, que abría la puerta del vehículo y echaba pie a tierra - ¿Qué pasó Michael?- - No sé...una piedra… tal vez un vidrio o un clavo - murmuraba el joven bien trajeado, pateando la rueda. -Lo peor es que ya está oscuro… no veo bien… La brisa de la tarde le apagaba el zippo al encenderlo. «Indudablemente, esto no puedo componerlo sino donde haya luz o mañana, con el día…para cambiar el caucho con el repuesto.» - No te rías, Virginia, yo estoy avergonzado por mi carro, yo que pensaba que no me fallaría nunca… ¡Si hubiera por aquí un sitio donde pasar la noche!» - Claro, - exclamó la rubia con carcajadas nerviosas - porque, si no se arregla, no podemos pasar la noche en el carro. Mucha delincuencia, nos pueden asaltar en la carretera ¡Y tengo hambre!- Y caminaron silenciosos. Él arrastrando las pisadas; ella se quitó el sombrero y lo llevaba con ambas manos; los mechones rubios se movían como mosquitos en torno a una fruta descompuesta. - ¡Mira aquella bombilla! - exclamó de pronto Virginia; Corleone ni siquiera alzó la cabeza; parecía querer hundir el gesto de contrariedad en el atardecer.- Tocaron a una casa. Salió a abrirles una vieja. Corleone explicó el accidente; la dueña de la casa hizo una advertencia; ellos no daban hospedaje; pero, en un caso así, tratándose de gente decente, (con un convincente fajo de billetes verdes de 100 en su mano) y por una noche no más, cederían. Corleone, dentro, seguía revisando los mensajes del celular. Virginia, entre tanto, conversó demasiado; después de comer, la señora los condujo a la alcoba y los dejó solos. En el centro de la pieza había una cama antigua, solemne, matrimonial, de caoba. - Quédate aquí, yo me iré a dormir a la sala…- - ¡Vas a coger un resfriado! A ustedes los Corleone nunca se les ocurre nada bueno. Fíjate bien; la cama tiene dos colchones: paramos uno de los dos, a los largo de la cama como un tabique, lo sujetamos del copete y tú tranquilo, del lado de allá, te desvistes y te acuestas y yo, de lado acá hago lo mismo…- Poco después, separados por aquel muro improvisado, se acuestan. - Hasta mañana, Corleone. - - Buenas noches, Virginia, hasta mañana - Al joven se le iban cerrando los ojos; a Virginia le costó trabajo pescar el sueño. Se mordía los labios, excitada. Cuando ella se levantó por la mañana, encontró al joven en el corredor armado con una llave de cruz para poner el caucho de repuesto: - ¡Ya estamos listos! Vámonos…- Ella le miró con cierta rabia y desprecio. Al rato, la brillante y hermosa nave corría de nuevo por la carretera. Se cansó del potente aire acondicionado, bajó el vidrio de la ventanilla y una ráfaga de viento le arrancó el sombrero a Virginia de un solo golpe, y lo elevó por sobre el camino. Corleone se detuvo y bajó. El sombrero, bailaba en el aire, dejándose llevar por la brisa. Corleone seguía el viaje del sombrero, viendo hacia arriba. Una bocanada de viento le dio al sombrero un brusco giro y lo empujó a caer detrás de la cerca de una posesión; un pequeño muro, bajo y largo, por encima de la cual se veían árboles. Un grito molesto y desolador se escapó de la garganta de Virginia: - ¡Mi sombrero! ¡Perdí mi sombrero! ¡Era italiano y me lo estaba estrenando! - Corleone la miró, sola; miró hacia al este, hacia el oeste, siguiendo la línea de la pared terrosa: no se hallaba una puerta a todo lo largo. El joven gritó de lejos: - No importa: ya te lo busco.- Corleone ganó la altura del muro y desapareció tras ella. Después, un pequeño salto y regresaba con el sombrero. - Toma… ¿Qué te parece?... Tú desconfiabas de mi ¿verdad?- Ella le miró de reojo y repuso: - Tranquilo: creía que un hombre que no me quiso hacer el amor anoche, era incapaz de buscarme un sombrero...- - No te preocupes, yo siempre cumplo.- De inmediato sacó la pistola, recordando que Clemenza le había dicho que no se preocupara por las huellas dactilares. Se oyó un disparo. La bala se metió entre la frente y la oreja de la muchacha, y cuando salió, el sombrero de paja italiana quedó salpicado de sangre y de trozos de hueso. «Quedó como la Santa Liberata, de Nelson Garrido» Michael se dio cuenta de que no era necesaria una segunda bala. Caracas, Junio 2011

sábado, 3 de octubre de 2009

EL FUMADOR DE MEMORIAS

Lázaro Silva (Carora, 1965) nos ofrece en su primer libro
El fumador de memorias un conjunto de relatos cortos, “microficciones”, como el mismo autor las define. Son pequeñísimas narraciones que poseen un tono lleno de humor. Ficciones muy bien construidas, con un hilo narrativo coherente donde trata distintos temas, que van desde el amor, pasando por las sorpresas, la cotidianidad, la religión… entre otros. Lo breve de estos textos nos permite apreciar el valor literario presente en la capacidad de resumen y síntesis del autor, sin descuidar el ingenio narrativo en los argumentos de estas pequeñas historias. La ironía es la esencia motora de estas distintas situaciones que conforman los episodios sueltos en este libro.
(disponible en las Librerías del Sur, Editorial el Perro y la Rana)

domingo, 12 de abril de 2009

LA 115 EN PARIS

En fecha reciente, el Prof. Gustavo Fernández (UC), miembro fundador de la 115, visitó la ciudad de París para asistir a la presentación del Nº 6 de la Revista de Ciencias Humanas Entropía, en la cual ha publicado, y participó como ponente en un foro organizado por los editores de esta revista en la Universidad de París.
Gustavo Fernández Colón est un professeur de philosophie au Venezuela. Il fait aussi partie du groupe à l’origine du manisfeste anti-nucléaire ¿Un atentado contra las generaciones futuras en la cuna de Bolívar ?”, (http://www.rebelion.org/noticia.php... ?). Fernández Colón est professeur de la Université de Carabobo, enssayiste, et chercheur de l’unité d’ Etudes Culturelles. http://www.kaosenlared.net/noticia/...
Voir en ligne : grupo 115

http://www.entropia-la-revue.org/spip.php?auteur14

REQUIEM PARA GUSTAVO

Lo sorprendió la muerte, haciendo lo que más quería, lo que fue su gran pasión vital, en medio de un recital poético: Hecho Terrible, pero a...